Putin y Medvedev van a cenar un restaurante.
Putin pide un bistec.
El camarero le pregunta: ¿Y el vegetal?
Putin contesta: "El vegetal también quiere bistec".
Ésta, una de las muchas bromas políticas que se escuchan en Moscú en estos días, refleja con bastante exactitud el dilema que se vive en Rusia con cara a las elecciones de este domingo. ¿Quién llevará las riendas del país cuando, si no hay sorpresas, Dmitri Medvedev asuma la Presidencia y Vladimir Putin se convierta en su primer ministro?
En público y frente a la prensa, los dos afirman que es un pacto natural y que trabajarán unidos por el bien de Rusia y sus habitantes, que combatirán la corrupción, mejorarán la educación, la salud, la vivienda, las condiciones laborales y los servicios sociales.
Pero las especulaciones están a la orden del día. Putin ha sido definido como un mandatario pragmático, disciplinado y agudo, al que no le ha temblado la mano a la hora de enfrentarse a sus enemigos, llámense empresarios, políticos o periodistas.
Con nervios de acero ha cerrado medios de comunicación, encarcelado a millonarios y acosado a partidos políticos. Todo en nombre de la estabilidad.
Y es una opción que, para el desconsuelo de sus críticos, le ha dado resultados. Su autoridad es adorada por las masas. Tras ocho años en el gobierno su popularidad bordea el 80% según las últimas encuestas. Una cifra que provoca envidia en muchos líderes mundiales.
No resulta fácil imaginarlo echándose a un lado para que otro se convierta en líder supremo y padre de la nueva patria de la que en muchos sentidos se considera fundador.
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